ISLA DEL CERRO: CULTURA GASTRONÓMICA EN CONCEPCIÓN

El restaurante Isla del cerro surge gracias a Ricardo Jara y Paola Elgueta, dos profesionales del teatro que vivieron diez años en Cocholgüe y partieron en el rubro gastronómico con un carrito de sanguches gourmet de sierra asada en la caleta chica. Actualmente, desarrollan su concepto en base a su profesión, sus cachureos y todo lo que les ha pasado en la vida; lo que en conjunto se puede resumir como una delicia. Sigue leyendo para que conozcas la experiencia culinaria de Isla del Cerro.

El fin de semana fuimos con mi familia a conocer la Isla del cerro*, restaurante familiar creado por Ricardo Jara y Paola Elgueta, quienes después de vivir diez años en Cocholgüe, trabajar en teatro y crear el restaurante Isla Cocholgüe, emigraron a Concepción para sorprendernos con esta propuesta de cultura gastronómica en base a lo saludable y  lo local. Al traspasar la reja, me fascinó ver un antejardín verde en el que se respiraba el cariño por el lugar, por la naturaleza y se avistaba la huerta de tomates.

Como el local funciona (sólo) con reserva ya nos tenían preparada una mesa al interior, pero Paola -quien nos atendió- nos propuso de inmediato sentarnos donde nos acomodara más; elegimos una mesa en una terraza repleta de suculentas y cactus, en la que el único ruido que se sentía era el del viento.

El atractivo de la Isla del cerro está contenido en la originalidad de sus dueños y el concepto cocina de autor, que se ve reflejado en su carta efímera (que varía según el día, el ánimo, la creatividad de Ricardo y los productos de temporada de los proveedores locales). Ésta propone un menú de cuatro actos en el que las locuras del chef son el acto principal, presentándose en tres versiones: tierra, mar y vegana. También cuentan con las locuras del niño, que propone un plato de fondo ideal para las personitas en crecimiento.

Yendo al grano, mi experiencia se resumió en unos maravillosos entrantes de navajuelas al ajillo y al pilpil-parmesano (nos regalonearon con eso), un pisco sour de mosqueta -con la justa medida de dulce y alcohol-  y el plato vegano: una hamburguesa de granos acompañada de unas papas deliciosas con salsa de tomate natural y una ensalada aliñada en su punto con toques de castañas de cajú. Les dejo como adivinanza en las fotos las maravillas que preparan como tierra, mar y locuras del niño (que dejaron encantados/as a mis acompañantes por la presentación, el sabor y las ocurrencias).

Antes de irnos, subí al segundo piso para conocer la sala de exposiciones: no sólo las pinturas, xilografias, collages, etc. lo hacían un lugar maravilloso, sino que la decoración y los objetos cargados de vida completan ese espacio, haciéndose parte de la exposición misma, logrando unir cada habitación de la Isla del cerro en algo que solo puedo resumir como una grata y placentera experiencia.

El restaurante propone una experiencia completa para los cinco sentidos: me conquistó su apariencia amena que rescata lo antiguo y lo mezcla con lo nuevo, sin caer ni en lo vintage ni en lo kitsch, la música agradable a un volumen moderado, la gentileza y cercanía de Paola, la preocupación y dedicación por hacer de una comida una experiencia que va más allá, desde que se cruza la reja para entrar hasta que se cruza para salir.

Ahora sólo me queda volver para probar el postre que dejé como pendiente.

*Ubicado en una antigua y tradicional casa en Lo Pequén 579.

[Texto e imágenes: Renata Renato]

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