OPINIÓN: HACIA UNA SOCIEDAD DE CUIDADOS

Para comenzar, diré que me dedico a la Psicología y trabajo con personas que tienen algún tipo de discapacidad física. Podemos discrepar en la etiqueta: capacidades diferentes, discapacidad u otra denominación, sin embargo, por ahora me quedaré con la que planteo.

En el ejercicio de mi profesión escucho un sin número de reflexiones y muchas veces me llevan a pensar sobre diferentes cosas: cómo nos construimos desde y hacia la sociedad; las cárceles que habitamos y defendemos férreamente; la enorme capacidad de adaptación que nace de la aceptación (entendiéndose como un proceso diferente a la resignación). Hoy quisiera dialogar sobre una de esas ideas. 

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Ilustración: Gerardo Emilio

Una de las cosas que más se manifiesta en mi trabajo, tiene que ver con la profunda sensación de inutilidad y de no merecer los cuidados de otras personas. Es bien terrible para ellos y ellas, ya que en efecto, necesitan a alguien que les cuide, por lo menos por el momento, no hay de otra, sería incluso irresponsable renegar de quien les cuida. Ante esto se me ocurren un par de preguntas: ¿de dónde viene la sensación de inutilidad?, ¿el trato?, ¿la autoexigencia?, ¿los propios juicios sobre quién tiene la calidad de “inútil”?, ¿todas las anteriores o cada una por sí sola?

Si nos permitimos que salga el pensamiento automático y, digámoslo directamente, prejuicioso, aparece la respuesta  “lógico, a nadie le gusta ser inútil, porque el inútil es considerado una carga”. Reconociendo el prejuicio social presente, es innegable que el parámetro de utilidad que cada quien tiene potencia que exista un trato diferente hacia quienes nos necesitan. Por ejemplo, es indiscutible que los niños y las niñas necesitan cuidados, así también las personas mayores, por lo que en general, tendemos a infantilizar a las personas mayores. Les cuidamos, les asistimos, pero ¿les hacemos partícipes del cotidiano? ¿Tienen poder de decisión y opinión sobre su vida (dentro de lo saludable)? En general no, y es ese uno de los puntos por los que sufren quienes son cuidados. Incluso, cuando son tratados con mucho amor, existe una sensación de incompletitud, se sienten menos validados por su entorno. De manera que en los mejores casos, amorosamente, terminamos ubicando a quienes cuidamos en un peldaño inferior al nuestro.

¡Así es!, porque quien está en lo que llamamos “normalidad”, está también en el peldaño de “los útiles”, “las personas de provecho” que aportan a la sociedad; lo que en un mundo competitivo y patriarcal se traduce como “soy un aporte económico para mi familia”, “soy una persona de provecho para la sociedad”. De esta manera vamos encasillando el desempeño del ser humano, siendo una de las casillas más relevantes la económica.

¿Cómo miramos a los que necesitan cuidados entonces? Sería feo, muy feo decir que no son un aporte económico, no es moralmente correcto decir, “sí, eres una carga económica para tu familia y para la sociedad”. Reconociendo que existe está idea tácita, la cuestión es preguntarnos de dónde viene este planteamiento tan dogmático que dice que debemos hacernos valer por la cantidad de chauchas que contamos a fin de mes. Y eso, al mismo tiempo, debe estar en concordancia con los estudios que tenemos y la experiencia que alcanzamos.

Mientras escribo esto me siento cansada, me da risa y tristeza al mismo tiempo, me agobia y me urge ya que “a mi edad” no he alcanzado los estándares, puede que no me importe… y puede que sí también. Mejor sigo con otra cosa…

Junto con lo anteriormente expuesto, tampoco se habla de las necesidades económicas de quien cuida. Se sabe que es muy necesario que alguien cumpla ese rol, pero nadie quiere meterse la mano en el bolsillo para sostener esa labor. La precarización de la vida de esta persona -en la mayoría de los casos son mujeres- es incuestionable. Todos aplauden la dedicación, palmadita en la espalda y cuenta con mi apoyo, son gestos diarios al principio, pero luego esto se diluye. Aquí se cruzan muchos otros temas: la disgregación geografíca de las familias, la pérdida del tejido social comunitario, la debilidad de las instituciones con trabajo territorial, la ceguera colectiva que nos aqueja, mucho más para desmenuzar.

Ambas ideas tienen a la base el hecho de que tenemos creencias muy fuertes y naturalizadas acerca de que la economía es un parte importante en la escala de valores de la sociedad, pero no se declara. Entonces tenemos instituciones como Sename, Senama, Senadis que no tienen recursos económicos –entre otros- suficientes para sus funciones. Y no tienen recursos porque sus participantes no tiene influencia política (¿o económica?) porque su público objetivo no tiene poder. Pero esto lo sabemos, es un tema comentado, opinado y vilipendiado extensamente. ¿Qué pasa con el nivel individual?, me pregunto.

Me atrevo a decir que también se sienten menos validados por sus propias ideas sobre sí mismos, naturalmente, si como sociedad hemos cultivado la imagen del éxito asociado a ser competente, independiente, autónomo, con la fantasía de que “no necesitas a nadie para hacer cumplir tus sueños”.  No voy a decir que esto sea malo o bueno, lo que quiero decir es que esta creencia se vuelve rígida y genera sufrimiento. El “hoy por ti, mañana por mí”, se vuelve dudoso ¿merezco que me cuiden?, ¿estoy siendo un problema para mi familia?… puede ser, pero es necesario.

Eventualmente todas las personas hemos necesitado o necesitaremos cuidados, en diferentes circunstancias y niveles, por lo tanto el ejercicio cotidiano de aceptar cuidados, pedir cuidados y por sobre todo entregar cuidados, creo que será un punto de partida para incorporar la idea de que la interdependencia es más saludable que el individualismo, que incorporar actos de cuidado y de autocuidado en la vida podría otorgar mayor liviandad en las relaciones, mayores interacciones sociales, incluso ampliar nuestro poder de acción. La confianza y la aceptación son bienes más comunes de lo que creemos, un requisito para encontrarlos es cultivarlos.

Los valores del patriarcado no están fuera de nuestro día a día, sabemos que vivimos en una sociedad machista y competitiva, y me atrevo a decir que este tema tiene su eje en los valores del patriarcado -a los que no les voy a dar voz aquí-. Son los valores de la sociedad de los cuidados los que quiero poner en realce, desaprender la ceguera y emprender el apoyo, atreverse a decir “necesito ayuda” y darse un momento para dar una mano, crear comunidad con quién tengo al lado. No tengo que crear una asamblea con mis vecinos y vecinas, quizás se puede empezar con “ver” a quien me cruzo todos los días y dialogar, a ver si quizás en algún momento nos atrevemos a ser débiles sin sentir que nos desintegramos.

por Loreto Paula

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