LA VIOLETA PARRA DE MI IMAGINARIO

Hace algunas semanas me recomendaron ir a ver la obra “En fuga no hay despedida”, obra que se presentó en el GAM y se enmarcó en las actividades en homenaje a los 100 años de la artista chilena Violeta Parra, oriunda de San Carlos.

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Sobre la obra: el montaje austero y simple, solo lo necesario sobre el escenario, las actuaciones: sanguinarias, actores y actrices cantan y tocan instrumentos, el paisaje que armaban era preciso. Es una obra de esas que te hacen sentir que estás sobre el escenario sintiendo y vibrando con los personajes que van apareciendo. Viví la obra como si estuviera presenciando el relato de un sueño, de esos que tienen muchos personajes, que pasan por todas las emociones, donde sabes que la imagen que tienes en frente es una representación, pero la sensación que te deja es tan potente que se vuelve materia, aire y paisaje; como los sueños.La obra no tiene temporalidad lineal, y da lo mismo porque el relato es consistente y circular, se desarrolla como por impulsos, como si cada escena se enganchara en la otra por una sensación que emerge y se larga. Sin duda me gusta el teatro, pero lo que más me gustó de esta obra en particular es el desparpajo con que se plantea el personaje de Violeta. Y digo desparpajo con admiración, admiración de quien no teme a mostrarse.

Durante mucho tiempo, la figura de Violeta Parra fue ambigua para mí, no crecí rodeada de cultura y en la escuela no recuerdo haberla escuchado siquiera. Luego, de a poco, apareció la imagen de una mujer artista, de alguna región, que bordaba y cantaba. Hasta allí aún era un personaje más del mundo artístico, sin mucha relevancia. De a poco, creo que con la apertura a nuevos espacios de difusión, fue que apareció una imagen más concreta de ella, que es la que hoy se va abriendo más y más espacios en el imaginario de los y las chilenas.

Eso es justamente lo que vi en la obra, una Violeta Parra que no necesitó apegarse a un estándar de éxito, bondad o dulzura, para abrirse paso en el mundo que conoció. La figura de la mujer que veo en ella, y que admiro, tiene tanto de sutileza en su arte, como de furia en su planteamiento de vida, tiene alegría como tiene pasión, tiene hombres (en plural) como tiene maternaje, maternaje como supo hacerlo o le nació hacerlo.

La figura de Violeta Parra está lejos de ser la clásica figura heroica de todos los tiempos. No es la abnegada dueña de casa, no es la artista sublime que se envuelve del personaje que está más allá de todo, no es la mujer política fría e intachable, no es la campesina, no es la ciudadana, no es la correcta y no es “la buena” ¿y qué? no pretendió ser alguien, y lo fue (lo es), porque fue todo lo que quiso, pero primero que todo validó para sí misma su visión de mundo y así fue mujer campesina, artista, política y todo lo demás. Yo no soy una estudiosa del arte y para el caso no me importa, pongo energía en realzar la figura de una mujer vehemente.

La obra me trajo su figura al recuerdo, ya que supo representar la importancia que tiene para mi, y que creo tiene para la construcción de símbolos en Chile. Necesitamos relevar a figuras como ella que cimienten el imaginario país, figuras que le dan prestigio a nuestras creaciones, que no están colonizadas por afuerismos, que ponen énfasis en lo local, en lo vernáculo, y que fomenten identidad rescatando lo sencillo, el arte, el trabajo, la pasión, la emotividad, la vida.

Por Loreto Paula

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